lunes, 14 de marzo de 2011

Antes (del golpe).


Eran tiempos de piscinas vacías. La falta de agua atraída por un verde, siempre verde. Color imaginario dentro de un faro guiado por el propio timón. Un barco de sombras. El agua que no fluía formaba un remolino color oscuro. Y al final, siempre el mismo punto. El fondo se empezaba a desquebrajar y pequeños barcos de papel surgían de las grietas, con el miedo a ser hundidos por la próxima corriente de agua. Sin embargo, ésta, nunca llega. Papiroflexia de colores, y entonces los barcos se volvieron mariposas, pero el aire aún las ahogaba más que el agua. Y ahora eran ellas las que estaban vacías. Cada vez más colores, por cada segundo de agonía un verde, más intenso, más claro y más magnético.  Y puede que eligiesen el verde porque les daba esperanza, pero las piscinas no se llenaban.  Saber que el culpable era el capitán de aquel barco que había nacido a la deriva. El mismo que empujaba la trampilla con fuerza para impedir la entrada de agua, tras el miedo a navegar, el miedo a no saber ser dirigido por la luz de un faro. Y así, con el miedo, había dedicado su viaje a navegar por desiertos y grietas de una piscina vacía.  

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