Esconder las palabras. Negar que eres un necio, un gilipollas, un imbécil. Y sin embargo nunca poder dejar de hacerlo. Tener el puto empeño en dar dos pasos hacia adelante y mirar cinco veces hacia atrás. Se me olvidan los ojos y se me estruja el corazón. Creer que tu vida es por inercia, y sin embargo, la inercia de tu vida es la repetición masiva de piedras. Con las que tropezar. Desangrarse en medio del camino. La sangre roja, tan intensa como cuando se excitaba al sentir respiraciones desacompasadas. Se encasquillan las palabras en un cañón que tiene unos límites estrechos, desaparecidos. Tristes. Tan tristes como las ciudades que, sin pensarlo, me recuerdan a los malditos segundos compartidos. Todas. Esa es la putada, que son todas.
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